Uso y abuso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación por adolescentes: Un estudio representativo de la ciudad de Madrid

Autor: 
Susana MÉNDEZ-GAGO Lidio GONZÁLEZ-ROBLEDO Universidad Camilo José Cela 2018

La investigación que aquí se reseña tiene por objeto analizar el uso y abuso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y su relación con indicadores de salud mental y funcionamiento psicológico en adolescentes de la ciudad de Madrid. Para realizar este análisis se consideró una muestra representativa de 2.341 jóvenes de entre 15 y 16 años en su mayoría, que estudiaban el último curso de educación obligatoria durante el periodo 2016-2017. En dicha muestra participaron 31 centros educativos, estratificados según el nivel de desarrollo de los barrios y la titularidad de los colegios (público, privado o concertado). La recogida de datos se logró a través de 52 ítems y seis instrumentos que se incorporaron a través de un formulario online. Las herramientas usadas fueron las versiones españolas de: el cuestionario de respuesta dicotómica MULTICAGE-TIC, con cinco escalas y cribado de conductas, adicciones comportamentales y de sustancias; el Cuestionario General de Salud para detectar indicadores de malestar psicológico y posibles trastornos psicopáticos; la Escala de Estrés Percibido; el Inventario de Síntomas Prefrontales, que exploró síntomas de mal funcionamiento en la vida diaria que se relacionan con alteraciones neuropsicológicas; el Cuestionario de Conductas Asociadas al Uso de TIC (CAU-TIC), y un inventario de uso de 29 aplicaciones online (Apps) creados ad hoc para el estudio que aquí se resume.

Análisis

En contexto, los autores de esta publicación confirman que el Instituto Nacional de Estadística cifra en un 98% las mujeres y hombres adolescentes que usan Internet a los quince años de edad. En base a este dato, los resultados generales del estudio muestran que más de un tercio de la población desarrolla un uso problemático de Internet, y el resto son conscientes de que pasan demasiado tiempo utilizando la red, y recibiendo quejas de sus familias y amigos; para estos y estas jóvenes resulta difícil quedarse sin conexión. Lo que es más, casi otro tercio de la muestra está en riesgo de gestar problemas a causa de Internet.

A partir de la aparición de los smarthphones o teléfonos móviles inteligentes, con toda la oferta de Internet al alcance de la mano, el móvil gana terreno progresivamente. Y es que un 94% de los y las adolescentes puede acceder a Internet y a múltiples aplicaciones a través de esta herramienta. De esa gran mayoría de adolescentes, más de la mitad presentan usos inadecuados (un 28,4% muestran un uso de riesgo, un 21% un uso abusivo, y un 8% una dependencia de su smartphone), por sólo un tercio que lo hace de modo adecuado. Los investigadores sostienen que estos aparatos son el vehículo para una multi-adicción, centrada en Internet y no en las aplicaciones que se usan para estar conectado.

La investigación analizados grupos de aplicaciones capaces de generar comportamientos adictivos y de abuso. En primer lugar, las apps de mensajería instantánea, cuyo uso abusivo deriva de estar constantemente pendiente  de los mensajes, de la vigilancia excesiva del comportamiento de otras personas, o del acoso y la amenaza de la intimidad y la libertad individual. Entre estas apps, destaca que un 43,5% de los y las adolescentes presenta una conducta problemática en la utilización de Whatsapp, de uso habitual.

En segundo lugar, las redes sociales, con las que se obtienen valores similares: casi un 40% de las y los jóvenes las usan de modo problemático (el 19% realiza uso de riesgo, el 13% abusa, y el 7% muestra dependencia). El texto agrega que las redes son uno de los factores principales de uso de internet, y están difuminándose sus límites con la mensajería instantánea. Los autores explican las preferencias de cada grupo de edad, y cómo pertenecer a una red social representa una “forma de ser en sí”. En épocas como la adolescente, que ello contribuya a modelar la identidad puede implicar riesgos. Además, las redes sociales tienen la aceptación general de padres y madres, que piensan que son seguras, necesarias y saludables. Ello contribuye a normalizar y naturalizar su uso.

Por su parte, los videojuegos suponen, según el estudio, un obstáculo distinto a las problemáticas anteriores. Por sus propiedades, han sido utilizados como instrumento terapéutico de diversas patologías. Pero, resalta el texto, generan factores de riesgo como la adicción, el mal funcionamiento psicosocial, su uso online, y algunos factores socio-familiares. Tanto es así, que un 42,5% de la población considerada desarrolla un uso de carácter problemático (el 24% mostró un uso de riesgo, el 12,5% un abuso, y el 5,7% una dependencia).

Analizando la variable género, la investigación ofrece datos que apuntan a un uso más abusivo y dependiente de redes sociales y mensajería instantánea entre las mujeres, mientras los hombres usarían de forma menos adecuada los videojuegos. Citando a Chen et al. (2017),  explican tales datos en función de variables psicológicas, como una mayor sensibilidad de las mujeres a las señales internas, a partir de las cuales utilizan las redes sociales para sociabilizar y aliviar su malestar. Los hombres, por su parte y en base a este planteamiento, tienden a actividades de mayor competitividad. Las diferencias entre ambos sexos, agregan, se debe a factores educativos de cada cultura.

En la influencia del malestar psicológico en las conductas del abuso de las TIC, los autores distinguen entre dos variables. Por un lado, se mide el estrés percibido, que tiene una relación lineal con la intensidad del abuso de las tecnologías, pero no aporta información relevante, pues las variaciones son despreciables. Por otro lado, se atiende al riesgo de mala salud, que afecta a un 36% de la muestra, más entre las mujeres (42%), que entre los hombres (30%). Sin embargo, en el estudio se advierte que no se cuentan con análisis que confirmen la validez predictiva del cuestionario usado para medir esta variable, ya que cuando se aplica en otros países los datos son muy contradictorios. Esta circunstancia posibilita otra interpretación, a partir de la puntuación Likert, cuyos resultados indican que el riesgo de mala salud es directamente proporcional al grado de uso problemático de las TIC. Aunque, en definitiva, tampoco se observa que esta variable tenga capacidad predictiva sobre el uso o abuso de estas tecnologías.

Entre los elementos principales de los procesos adictivos, los autores señalan la pérdida de control sobre la conducta (fallos que son racionales); es decir, cuando se produce un funcionamiento deficitario en la parte prefrontal del cerebro (desde donde se toman las decisiones, se establecen las metas o se diseñan estrategias). Este aspecto, esa la vez causa y consecuencia del establecimiento de procesos adictivos que alteran el mal funcionamiento prefrontal. Aunque no es el principal factor de abuso, es un elemento común a todas las sustancias y adicciones comportamentales. Dicho mal funcionamiento del cerebro se traslada a actividades de la vida cotidiana, y por esa razón se puede medir indirectamente observando o realizando preguntas por tal comportamiento. Por ello, los autores concluyen que las adicciones también se evidencian en fallos cotidianos en personas adictas a sustancias o a comportamientos.

La adolescencia es la etapa más intensa en el cambio neurológico, y en ese periodo se desarrollan más las conductas autónomas y de autorregulación. La inmadurez cerebral genera mayor vulnerabilidad entre los y las adolescentes, y la mayor pérdida de control sobre su conducta aumenta el número de problemas en el uso de las TIC. Es común, apuntan los autores, que el y la adolescente no establezca un tiempo de uso de Internet y redes sociales, ni tenga una estrategia para detener la conducta cuando supone un riesgo, sino que se deja vencer por la gratificación inmediata. Como estos factores sólo explican una parte pequeña del abuso de las TIC, debe pues atenderse a variables no estudiadas, como la presión de grupo, factores culturales, modas, o las diferentes funciones que el uso de las TIC ofrece para cada individuo.

Otro elemento señalado, que es más predictivo en el abuso de Internet y los videojuegos, es el mal control ejecutivo. Sobre todo, respecto al control de emociones, dice la investigación, ya que son los que predicen en mayor magnitud los problemas de abuso del móvil y de mensajería instantánea. En perspectiva de género, son las mujeres las que más usan en exceso el móvil para acceder a aplicaciones de mensajería y redes sociales, motivadas por el malestar emocional, según conjetura el texto. Para solventar esos problemas emocionales, son clave terapias a través de la rehabilitación cognitiva y el entrenamiento en el manejo de emociones.

También se observan otras conductas asociadas al abuso de tecnologías de la información y la comunicación, a partir de las cuales se remarcan ciertos resultados sorprendentes. Entre ellos, destaca que un 5% de jóvenes juegan con frecuencia en webs de apuesta deportiva, y un 12% lo hace en alguna ocasión. Esta conducta es casi exclusiva de varones (no llega al 1% la proporción de mujeres).Los autores pronostican que las apuestas online serán un problema grave, y se lamentan de que a esas edades (15-16 años) los y las adolescentes tengan un acceso rápido a dichas páginas web. Por añadidura, el 4% afirma contar con el permiso de sus padres y madres cuando gastan dinero en Internet, frente a un 15% que dice hacerlo sin su consentimiento. El texto incide en que el control parental no es muy efectivo, pues el 33% de padres y madres ponen normas sobre el uso de TIC, por un 21% de adolescentes que reconocen que se saltan esas pautas. Además, un tercio de los padres y las madres reconoce no saber qué uso hacen sus hijos e hijas de sus dispositivos de conexión, siendo nula su eficacia para detectar conductas de riesgo y situaciones de abuso de las TIC.

La última parte del análisis de resultados está dedicada a las aplicaciones (apps) preferidas por los y las adolescentes. Aquí se muestra que la utilización de estas apps es universal en la población estudiada. La más utilizada por jóvenes de entre 15 y 16 años de edad es WhatsApp, con un 90% (algo más entre chicas que entre chicos).YouTube, que ha evolucionado de ser depósito de vídeos a generar ídolos sociales y referentes culturales para los y las adolescentes, cifra también en un 90% su uso. La tercera más usada es Instagram, donde sí se detectan diferencias muy significativas de uso por género: el 87% de chicas y el 74% de chicos.

Lejos de estas tres apps, Snapchat, que según las propias personas adolescentes, reporta beneficios comunicativos pero a la vez grandes riesgos, es una plataforma de mensajería efímera mucho más usada por ellas (un 71%) que por ellos (un 41%). Igual ocurre con Spotify, cuyas usuarias femeninas alcanzan el 47%. Una red social en la que los y las jóvenes comparten historias escritas de carácter cotidiano o literario es Wattpad, y las diferencias de género son muy acentuadas también: 21% entre las mujeres adolescentes, por sólo un 2% entre los hombres. Skype está en declive, y Tuenti ha desaparecido completamente. Además, las aplicaciones en las que más se registran los adultos, Facebook y Twitter, no son las mismas para los y las adolescentes, queprefieren vías distintas para informarse, comunicarse y divertirse.

En un apunte que marca la diferencia respecto a otros estudios, la publicación advierte que no existen análisis similares, y que algunos estudios se han quedado obsoletos por el cambio drástico de la oferta de servicios de plataformas online. No obstante, se destacan ideas de otras indagaciones que refuerzan los resultados. Como la investigación de Pedrero-Pérez et al. (2018), realizada en diferentes países y con un rango desde menores de18 a 60 años de edad, y que muestra cómo los menores de 18 años son los que presentan más problemas de uso de Internet, videojuegos y mensajería instantánea. O el estudio de López-Fernández et al. (2017), sobre estudiantes universitarios de Europa, que muestra la dependencia que existe al móvil.

Tras la discusión y definición de las consecuencias para cada factor considerado en el uso y abuso de las TIC por adolescentes, el texto concluye que no existe adicción a las TIC en general y por separado, pero que sí es un problema creciente del que hay que estar pendiente, ya que supone un impacto a corto y largo plazo. Respecto a las variables sociodemográficas estudiadas, se apunta que surgen algunas distinciones relacionadas con el nivel de desarrollo del distrito y el tipo de financiación del centro educativo, pero no son tamaños considerables ni son diferencias reales. A pesar de ello, sí que hay prevalencias y variaciones destacables por sexo, como se ha señalado. Y es que se han ido configurando problemas diferenciados por género en algunas conductas, y según preferencia de aplicaciones y funcionalidad de las TIC.

Finalmente, los autores se plantean si la segunda revolución de Internet ha llegado demasiado rápido, y se ha encontrado con la sociedad desarmada ante los riesgos, que implican consecuencias para la salud, problemas disciplinarios, de socialización, y de rendimiento escolar, ente otros; y que afectan muy especialmente a las y los adolescentes. Es por esta razón que esta publicación propone investigar más al respecto y aplicar medidas educativas, preventivas y asistenciales.